Por la Dehesa. Extremadura, Andalucía y Portugal impulsan la declaración de la dehesa como Patrimonio de la Humanidad.

 

POR LA DEHESA

Naturaleza y cultura son responsables de la configuración de los paisajes culturales. Nuestro contexto mediterráneo ofrece posibilidades, a la vez que limitaciones, en el desarrollo de estrategias para la obtención de recursos del entorno, algo que puede constatarse con el paso de diferentes horizontes civilizatorios en nuestras latitudes desde hace milenios.

Los hombres transforman los biomas en medios antrópicos; los ecosistemas en agroecosistemas, algunos de ellos con un grado de simplificación tal y aplicando de forma tan desmedida insumos foráneos, que se compromete la continuidad de los ciclos naturales, de la reposición de nutrientes y, en definitiva, de lo que denominamos sostenibilidad.

Nuestro paisaje genuino, la dehesa, con algo más de un millón de hectáreas en Extremadura, es un ejemplo de medio antrópico logrado a costa del primigenio bosque mediterráneo, tras el progresivo aclaramiento del aquel para el logro integrado y complementario de tres tipos de usos: agrícolas, forestales y ganaderos. No faltan reflexiones que hunden los orígenes de este sistema agrosilvopastoril en el Neolítico, período en el que la tecnología humana, rudimentaria desde la óptica actual, ya permitía una transformación del primigenio bioma forestal, continuándose esta sinergia durante la etapa de la romanización. No obstante, acercándonos al medievo, constatamos una integración en el bosque aclarado de usos forestales, agrícolas y ganaderos en un contexto de inestabilidad política e institucional, durante la Reconquista, donde el desarrollo de una actividad fundamental como la trashumancia, hacedora de paisaje, configuró grosso modo nuestro característico agroecosistema sabanoide, sin el cual es imposible generar una imagen, en lo ecológico, en lo histórico, en lo socioeconómico y en lo identitario, de Extremadura, y de todo el suroeste de la Península Ibérica, incluyendo a los denominados “montados” de Portugal.

La vigencia de los usos tradicionales de la dehesa, hasta los años sesenta del pasado siglo, conformó un sistema que autores reconocidos como Rufino Acosta Naranjo han descrito como un entramado de diversidad, pues los aprovechamientos múltiples integraban un todo en el que ni un sólo ápice de energía se expulsaba de los ciclos del sistema. Las podas de formación y producción de las encinas y alcornoques, estaban al servicio de la producción de tres recursos básicos: frutos, leña y corcho, pero, a su vez, generaban sunproductos que contribuían al mantenimiento de distintos tipos de ganado, y servían como monto orgánico para la reposición natural de los suelos. Del mismo modo, el ganado que coexistía con las actividades agrícolas que se practicaban en las dehesas tradicionales, también devolvía en forma de nutrientes su alimento. Por otro lado, el propio arbolado (encinas, alcornoques y robles melojos, principalmente) proporcionaba sombra en contextos de elevada insolación y estrés hídrico. En función de la orografía, se conservaba en algunos predios de la dehesa, la vegetación mediterránea del monte bajo, escasamente palatable para el ganado excepto para la cabra, todo un modelador de paisaje a la hora de aprovechar estos recursos. Del mismo modo, todo un elenco de recursos inimaginables ofrecían estas áreas menores en forma de plantas aromáticas y recursos silvestres de todo tipo.

El ahuecamiento del arbolado en la dehesa la configuró desde siempre como un espacio de ecotono, por ello, en lo que se refiere a los valores de la biodiversidad salvaje, la dehesa es la gran responsable de que la Península Ibérica sea uno de los santuarios de vida silvestre más importantes de Europa, pudiendo ofrecer hábitats y nichos ecológicos tanto a especies forestales como a otras procedentes de áreas más deforestadas.

Las transformaciones del mundo rural a partir de los años sesenta del pasado siglo, con la mecanización del campo, la expulsión de mano de obra de las fincas, pandemias como la peste porcina africana y el desacople territorial que se produjo en nuestro territorio con la llegada de alimentos procedentes de las grandes áreas de monocultivos de los países en vías de desarrollo, así como la incomprensión de instituciones como la PAC (Política Agraria Comunitaria) del funcionamiento de los sistemas agrosilvopastoriles, han generado un progresivo abandono de usos, una falta de reposición de un arbolado envejecido, pasto de fitopatologías como “la seca”, teniendo como resultado el que actualmente la dehesa haya pasado de ser un sistema múltiple a otro orientado a la monoproducción ganadera intensiva, demandante de muchos recursos de fuera, gravemente insostenible e incompatible con un sistema, el tradicional, que generaba un interesante equilibrio ahora roto.

Por todo ello, para que la dehesa ofrezca sistemas de aprovechamientos sostenibles de servicios ecosistémicos, contribuya a fijar la población en el entorno, y no vea comprometidos sus valores para la vida silvestre, es necesario recuperar los sistemas de antaño, desde la óptica actual y desde la perspectiva de las problemáticas actuales; aprendiendo del pasado sin caer en idealizaciones románticas, pues no debemos olvidar que latifundio y dehesa han sido en Extremadura dos binomios que demuestran que sostenibilidad ambiental no siempre va de la mano de sostenibilidad social.

La dehesa es un sistema protector, porque fija los nutrientes del suelo; protege los recursos hídricos, actúa como sumidero de carbono y conforma un agroecosistema capaz de ofrecer productos de elevada calidad. Para su continuidad es necesario, además, luchar por el desarrollo en su seno de actividades sostenibles, que impliquen a la población, que ofrezcan recursos nuevos, antes ignorados o despreciados, pero que a la vez que contribuyen a su conservación y recuperación, pues pueden ser baluartes para frenar la lacra de la despoblación.

Por todo ello y por ser depositaria de todo un entramado de patrimonio, material e inmaterial, que nos ayuda a entender quiénes somos como colectivo con una identidad propia, nuestras dehesas, públicas o privadas, en las cuales nació y se desarrolló todo un marco de saberes y de normas consuetudinarias para explotar racionalmente sus recursos, han de formar parte de los urgentes planes que hay que abordar para la defensa de nuestros paisajes más emblemáticos.

 

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