El residuo sólido o el vómito de nuestra sociedad de consumo.

 

El residuo sólido o el vómito de nuestra sociedad de consumo

 

Siempre se nos explicó que la energía ni se crea ni se destruye. Sólo se transforma. Dicha máxima es aplicable a cualquier actividad humana, nos hallemos en el seno de una sociedad de cazadores-recolectores constreñida por los ciclos de la naturaleza más indómita, o en un horizonte civilizatorio como el nuestro, sofisticado en tecnología, poco previsor con el futuro y desdeñoso con el legado del pasado.

 

Pero las formas de vida que arraigan en el mundo occidental, a partir de la irrupción del consumo de masas, con la máxima de la inmediatez, del usar y tirar y de obsolescencia programada, generaron una realidad que nos llevó a un callejón sin salida: a la irrupción del residuo no aprovechable, cuasi inerte… La basura no orgánica, o si se prefiere precisar más, el residuo sólido urbano, es una muestra gráfica de uno de los grandes fracasos de la modernidad: el no haber previsto que nuestra sociedad de consumo, al promover el tener, más que el ser, olvidó que excreta demasiadas cosas que luego no sabe proporcionarle usos alternativos. Algo hasta entonces insólito en la andadura de nuestra especie.

 

Las cosas cambiaron con mucha más rapidez de lo que nos imaginamos. En España, antes del boom desarrollista de los años sesenta del siglo XX, las economías, mayoritariamente agrarias, producían sólo lo que consumían. La producción agroganadera cerraba ciclos, la agricultura era oferente de recursos y no demandante de ellos en forma de pesticidas y agroquímicos. Los embalajes eran casi inexistentes, y una lata de conservas o un tarro de cristal eran joyas que siempre tenían uso una vez que se acababa el producto que albergaba. La vorágine del exceso de embalajes irrumpió en nuestras vidas como el orden natural de las cosas, con todas las consecuencias de materiales plásticos, papel, vidrio y metal que acaban en los vertederos: el vómito de la modernidad; una trastienda fea y desordenada que a nadie gusta, pero que tristemente aprendemos a vivir con ella. Quizá, al salir de una dictadura de cuarenta años, no pudimos evitar exhibir cierto complejo de inferioridad. Por ello, cualquier cosa que sonara a “modernidad” y acabara con lo “viejo” era siempre mejor. El resultado está ahí: aumento de emisiones de CO2, residuos que contaminan durante largas décadas suelos y acuíferos, y toneladas de residuos que contaminan nuestros campos, montes y espacios agrarios haciendo que lo feo, que la falta de armonía, forme parte de los nuevos paisajes culturales de la contemporaneidad, pues no olvidemos que en todo paisaje se imbrican elementos naturales y antrópicos. Entre estos últimos, se incorporan la bolsa de grasientas patatas fritas, la botella de cerveza, la lata de dominguero y los innumerables residuos que van a depositarse a las cuencas de nuestros ríos, convirtiendo parajes de ensueño en lugares tristes y desolados.

 

Para revertir las consecuencias ambientales del consumismo descontrolado de nuestras formas de vida hacen falta acciones multinivel. La primera tiene que venir de la política. En este caso, la filosofía del decrecimiento tiene que prevalecer en las decisiones económicas de quienes nos gobiernan. Decrecimiento no significa miseria, sino reorientación productiva, eliminando la sacrosanta idea del crecimiento infinito. Cuando se crezca hasta sobrepasar los límites del consumo, quien nos comprará ¿los marcianos? Hace falta reeducarnos en relación a lo que implica el engaño de la publicidad: explotadora de los valores de lo superfluo, de la fachada. La segunda acción se refiere al compromiso ciudadano. En este caso se trata de consumir de otra manera, yendo liviano de equipaje, desterrando las compras absurdas, reutilizando antes que reciclando – de especial relevancia esto último- y no convirtiendo nuestro entorno en el sumidero de una sociedad dormida ante sus más importantes desafíos de cara al futuro.

 

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