Ante la Problemática de los Incendios

Los incendios de sexta generación doblegan la capacidad de los esfuerzos humanos para su erradicación. Son múltiples las causas que los generan, y dentro de ellas hay que referirse al abandono de las prácticas agrosilvopastoriles tradicionales. La integración de la agricultura y la ganadería, el aprovechamiento sensato de los recursos maderables y la generación de paisajes mosaico actuaban per se como cortafuegos eficaces, pues el equilibrio generado gracias a unos agroecosistemas donde cultura y naturaleza empataban, como diría Joaquín Araujo al hablar de la dehesa, dotaba de la capacidad al paisaje para que el fuego se controlara, pues su capacidad de expansión era menor. Pero la generalización de los monocultivos de especies arbóreas alóctonas, como eucaliptos, más el citado abandono, con la pérdida de heterogeneidad del entorno, con unos resultados de mayor simplificación, dio como resultado un desequilibrio en los nuevos paisajes para desarrollar estrategias de defensa ante las llamas.
Lo anterior implica, en primer lugar, que los incendios se apagan con más aviones, cierto, pero quedarse ahí es temerario e insuficiente, pues la conservación y la gestión activa de un paisaje dinámico y rico en matices son las mejores vacunas frente a unos incendios con una capacidad destructora novedosa comparándolos con los que hasta entonces se habían sufrido. Hay que apostar por modelos de gestión donde se favorezcan los aprovechamientos múltiples, incentivando a los lugareños a seguir con actividades como la ganadería caprina, el aprovechamiento de resinas, plantas silvestres aromáticas y comestibles, setas, cultivos frutícolas —si son bajo la praxis agroecológica, mejor— y, por supuesto, partiendo del hecho de que estas labores preventivas pueden y deben ser consideradas por las administraciones.
Dicho esto, es necesario desmontar bulos lanzados desde los argumentos más bizarros, los cuales se extienden como el propio fuego a través de las redes, yendo en paralelo con los enfrentamientos en la arena política, más centrada en hacer mella en el adversario que en buscar soluciones.
En primer lugar, los espacios naturales protegidos, incluidos los integrados en la Red Natura 2000, no arden más que el resto de los que componen el territorio, pues, según los datos estadísticos, solo un pequeño porcentaje de los incendios forestales tienen lugar dentro de espacios con alguna categoría de protección.
Las leyes ambientales no provocan incendios: la mayoría tienen un origen humano, ya sea por quemas agrícolas y ganaderas mal gestionadas, negligencias, accidentes, actividades recreativas y por actos intencionados y vandálicos. Las figuras de protección contribuyen a la prevención de incendios mediante planes de gestión forestal, limpieza selectiva, recuperación de usos tradicionales y una planificación más cuidadosa del territorio.
Importante es matizar que, aunque las causas directas de los incendios de sexta generación no son achacables al cambio climático, sino al cúmulo causal de factores socioeconómicos y de gestión del territorio que hemos mencionado, en absoluto ello implica dar la razón a los que niegan la existencia y consecuencias de aquel. El cambio climático de origen antrópico existe y es uno de los desafíos del momento presente y de cara al futuro.
Del mismo modo, la demonizada Agenda 2030 por parte de conspiranoicos y amigos de la fantasía ficción, no ha elaborado ningún “plan” para prohibir controlar el matorral, como se afirma, el cual, por su parte, sí que debe ser controlado cuando corresponda, pero ni su eliminación sistemática va a lograr que se frenen los incendios ni es incompatible su integración dentro de una gestión equilibrada del paisaje donde, en clave mosaico, tenga cabida el olivar, los frutales, las leguminosas, las huertas, los cultivos maderables y, por supuesto, las áreas forestales autóctonas, sin dar cabida ni a los monocultivos simplificadores que arrasan con todo resto de paisaje tradicional, ni a la expansión descontrolada del matorral.
En definitiva, un bosque autóctono sano no es un polvorín, sí lo son el abandono, la falta de gestión y los enfrentamientos interesados. Hace falta solidaridad interterritorial, dejar de ver el problema como una coyuntura estacional y pensar que los incendios son un trauma de dimensión inimaginable para quienes los sufren de cerca. Los ecologistas no queremos ningún “parque temático” donde no se pueda gestionar ni “tocar” nada, yendo con el arma de la prohibición como bandera, pero sí un modelo de gestión distinto, donde el problema se controle durante los 12 meses del año, dejando claro que el equilibrio vendrá con un elenco de actuaciones donde se mantenga una interacción entre personas y naturaleza. Ayudar, incentivar y subvencionar, por qué no, a la población local que con sus prácticas mantiene el equilibrio del entorno es parte de la solución, pero los bosques y los espacios protegidos no son parte del problema.
Ismael Sánchez Expósito
ADENEX